«Yo mando, yo decido, yo sé». Así es como
nuestro espíritu se manifiesta. Si le dejamos. Nuestro espíritu nos guía. Si
nos dejamos. Esa guía no se equivoca porque nace del amor y de la buena
intención. Desde ahí no hay errores graves, sólo, si acaso, pequeños desajustes
de cálculo. Ésa es nuestra autoridad, no hay otra. Si somos fieles a ella y coherentes,
la vida nos ayuda porque vamos a favor de nuestra esencia: la propia vida.
Ahí está el planteamiento, ahora desarrollemos
este concepto.
Tenemos una autoridad única, poderosa e
intransferible. Es la que nos dice por dónde ir y por dónde no; es la que nos
orienta, nos ayuda a decidir, nos pone un espejo en la cara y una nitidez en el
panorama que se presenta frente a nosotros; la que permite que veamos al otro
realmente,