¿Qué idea tengo de mí, de quién y cómo soy? Responder
a esta pregunta no resulta tarea sencilla. Tratamos de recordar lo que nuestra familia y entorno cercano nos han transmitido, contabilizamos los atributos con los que la vida nos ha bendecido -inteligencia, belleza, atractivo...-, analizamos las actividades en las que lo hacemos bien y en las que no lo hacemos tan bien, etc. Y toda esa información interna y valoración externa sobre nuestra persona, transmitida desde el
amor es lo que conforma nuestra identidad.
Es francamente necesario que nos
valoren y nos comuniquen cómo nos ven para, desde ahí, sumado a nuestra propia
percepción, nos sintamos seguros y vayamos por el mundo con paso firme, decisión y aplomo.
Con todo eso, podemos pasar a la
acción. Del «ser» al «hacer». Si no tenemos ni idea de cómo somos o lo que ocurre es que nos
sentimos con un profundo complejo, no vamos a hacer nada, o muy poco. Si el «ser» configura