Resulta que un día -¡oh, milagro
de los milagros!- amanecemos felices, ilusionados, tranquilos, alegres y con
ganas de disfrutar, de compartir,… vamos, de vivir. Además, como el impulso es
tan fuerte ni siquiera buscamos en los rincones de nuestra mente a ver si hay
algún nubarrón que nos agüe la fiesta.
En realidad esta situación no es
del todo consecuencia de un milagro.
Nosotros mismos hemos sido los que hemos buscado que ese momento llegara, hemos
trabajado para ello y lo hemos propiciado.
Cuando llega a hurtadillas se
parece a una sensación de alegría despreocupada, y nos suele entrar lo que
viene a llamarse “mieditis” ya que nos acecha el temor de que los problemas,
los límites, las imposibilidades que sentimos se apoderen de nosotros y nuestro
recién