Eso es lo que decimos como si nos
diera vergüenza reconocer nuestra sensibilidad y comunicarla. Así que, esbozando
una sonrisa y con la cara como un tomate, soltamos eso de: «¡Anda, que me estoy poniendo
tierno/a!».
Nos sentimos con cierta incomodidad cuando mostramos nuestras entrañas y no es para menos. Hay que ser muy fuerte para hacerlo y no
temer que nos saquen un cuchillo en ese mismo momento para partirnos en mil
pedazos y hacer rebozado con nuestro higadillo. Somos vulnerables, nos
desnudamos y nunca hay una garantía de éxito. O por lo menos
eso es lo que nos decimos para no dar el paso.
Todo es normal, por supuesto.
Pero, ¿qué ocurre cuando dejamos pasar la oportunidad de expresarle a otra
persona lo que sentimos por ella? Nada. O todo. Puede que nos acostumbremos a
esa falta de comunicación y no transmitamos nunca a nadie nuestros
sentimientos, nuestro amor,