Los niños saben perfectamente
cuándo están viviendo algo bueno y lo disfrutan entregándose a ello sin
dificultad. Eso sí, cuando se acaba, se puede crear una sensación de vacío que
se percibe claramente como una injusticia de tal manera que se rebelan llorando
y pataleando, ya sea en silencio o a grito pelado. En esos momentos, somos los
adultos los que estamos para acoger su malestar y ofrecer el consuelo
necesario, que suele pasar por asegurar que esa maravillosa vivencia se
repetirá en breve y multiplicada. Por supuesto, si somos consecuentes haremos
que se produzca.
En el caso de los adultos, cuando
vivimos momentos maravillosos, donde nos sentimos plenos tendemos a
conformarnos con haberlo experimentado y nos damos por satisfechos dejando un
poso de tristeza