Nuestro cuerpo recoge todos los
acontecimientos pasados. Su memoria abarca nuestra vida y la información
genética de hasta siete generaciones. Una barbaridad, vaya.
Por eso, ante determinados
proyectos basados en las relaciones, saltan las alarmas y, a pesar de poner
nuestra ilusión en ellos, reculamos un poco cuando no vemos otras vías posibles
que no sean las ya experimentadas, con su consecuente fracaso. Y nos volvemos
pesimistas.
La que solía ser precaución natural
pasa a ser defensa a gran escala ante la previsible catástrofe. Tenemos una
vocecilla que nos dice: “Esto va a acabar fataaaal…”. Eso si nos lanzamos a la
aventura. Lo mismo la vocecilla puede transformarse en un grito ensordecedor
que nos paraliza