Irrumpe la adolescencia como una
tormenta de verano. Sin previo aviso y, por lo tanto, sin haber tenido en
cuenta nuestra desnudez y la falta de un lugar donde resguardarse.
La infancia conecta con la
verdad, la adolescencia la defiende. Lo que ocurre además son innumerables
cambios a una velocidad pasmosa, difícil de asimilar. Comenzamos a medirnos con
nosotros mismos y con los demás. Cuál es nuestro poder, hasta dónde llegamos
con nuestra determinación. Y cómo no, todo lo que sentimos de piel para adentro
y de piel para fuera; y en la misma piel, donde las hormonas encuentran un límite
muy fino y salen al exterior explosionando. Todo es visceral. Comenzamos a ver
a través de nuestros propios ojos, y no de los de